Hace un tiempo, tuve un sueño.
Caminaba por una ciudad desconocida pero contemporánea (casi megalopolitana), aparentemente desierta. Todo estaba construido, sólo quedaban calles desiertas e inertes bajo un cielo oculto tras la solidez de los edificios. Todos éstos eran incongruentes entre sí, formando una ciudad caprichosa, donde cada m2 era independiente y manejaba su propio lenguaje formal. Quizá me recuerde un poco a Los Ángeles, cuya identidad es la falta de ella. En esta ciudad, convivía la mayor variedad de proyectos: desde los conservadores y desgastados, arrastrando la huella de la arquitectura de nuestros maestros, y otros que parecían arrancados de un film de ficción, casi exagerados y egoístas. El mañana hoy.
No sé a qué hora era, ni si era de día o de noche. Pero me di cuenta que no solamente las calles estaban desiertas... Sino también los edificios. Entonces lo entendí: Me encontraba en una ciudad experimental.
Una ciudad experimental no existe para ser habitada ni observada. No es destino turístico ni fuente económica. Es un poco más la respuesta a un capricho, o al interés de una sociedad avanzada de intentar soluciones arquitectónicas y constructivas a escala real. En otras palabras, era un colosal campo de pruebas para estudiantes y arquitectos donde se construían edificios (prototipos) en dicha ciudad para observar su desenvolvimiento. El autor de la obra la recorría, la vivía, la sentía... Se identificaba con su obra y con los espacios que creaba. Así también, se experimentaban soluciones nunca antes vistas, las cuales eran puestas a prueba para evitar fracasos conceptuales, funcionales o estructurales.
Fue emocionante cuando me tocó recorrer a mí un proyecto de mi autoría, cada espacio hablaba conmigo, y me transmitía sensaciones distintas a las que había proyectado comunicar. Era una caja de vidrio negro, era puro espacio fluido, era un patio ascendente, y era mi vida hecha edificio. Sentí mi arquitectura, me sentí como arquitecto. Aprendí más experimentando con el espacio real de lo que había estudiado en el tablero. Entendí que el mundo había avanzado, y que las metodologías debían hacerlo junto a él.
Sé muy bien que sólo es un sueño... En estos tiempos, es inviable desperdiciar energía y recursos en construir dos veces un mismo proyecto (cual si fuesen maquetas en escala real), sobretodo si no cumplen ninguna función social. Una realidad utópica para aquellos soñadores que dejan su vida en un proyecto, vida que vuelve a ellos cuando lo viven, habitan y experimentan.
Sin embargo, pienso en posibilidades. Hoy vivimos con una tecnología hace diez años inimaginable. Quizá si se pudiese crear ciudades experimentales en una realidad virtual (no tangible), podría crearse la misma experiencia de un modo eficaz, permitiendo a los arquitectos identificarse en sumo grado con su obra, y con el dramatismo espacial que ella implica. Pero también creo que puede significar un estancamiento en la capacidad imaginativa del arquitecto del mañana, volviéndose dependiente de la realidad virtual para poder interpretar espacialmente su proyecto, temores quizá sin sustento por el misterio y la duda que todo gran cambio trae consigo. Pero puede darse el caso también de que esta experiencia sea un catalizador de la capacidad creativa del arquitecto, posibilitando reacciones que nunca antes se habría imaginado.
En todo caso, no cabe duda de la necesidad de dar un paso más, y hacer uso máximo de la tecnología con la que hoy contamos para poder desarrollarnos más y buscar nuevos métodos de expresión. Afrontamos un mundo del mañana con una arquitectura de hoy. No debemos retrasarnos.
Por: Diego Oropeza Manco

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